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miércoles, 11 de mayo de 2011

Capítulo VIII

1 de agosto de 2019


Como ya era rutina, Melissa se despertaba, se acicalaba, desayunaba en silencio y hablaba por teléfono con Donna Meyers sin ningún tipo de novedad. Una vez creyeron poder saber quién se encontraba detrás de todo aquello pero al día siguiente le comunicaron su error. Nadie sabía nada. Parecía que a Jessica se la había tragado la tierra.
Y la situación en casa era cada vez peor.

Tanto Melissa como Robert parecían dos espíritus errantes que vagaban cabizbajos y faltos de energía por entre las paredes de la casa de Carmyle dirigiéndose pocas palabras; las justas para vivir en pareja. Pero ni siquiera parecían una pareja. En el pueblo se rumoreaba que a causa de la desaparición de Jessica Brigham Melissa había abandonado la cordura y Robert se había divorciado de ella. Era de suponer que teniendo el pasado que Melissa cargaba sobre sus hombros la vida en la sencilla casa de Carmyle fuera un infierno. Pero, ¿qué sabían ellos? Lo que más asustaba a Melissa era que algunos rumores se acercaban demasiado a la realidad.

Y, además, el problema de los sueños continuaba presente en la vida de Melissa. La mujer era un espectro desgarbado que apenas hablaba con nadie. En su rostro se marcaban unas profundas ojeras moradas causadas por la falta de sueño.
Muchas veces Melissa había terminado durmiendo sola en la cama con la esperanza de volver a encontrarse en aquel fatídico pueblo donde lo imposible parecía ser posible. Pero hacía ya mucho tiempo que no volvía. Y, además, los recuerdos de los sueños se esfumaban rápidamente como la niebla matutina que cubría los paisajes de Glasgow.

A las ocho y media de la mañana Robert salió de casa para asistir a una reunión financiera en Connor’s Chair. El legítimo dueño de la empresa, Jared Connor, había reclamado la presencia de Robert Brigham para un asunto importante. Aquello fue lo máximo que Robert le comunicó a su esposa antes de montarse en el coche y desaparecer tras la espesa cortina de lluvia.
Aprovechando la soledad Melissa se dejó caer en el sofá del salón y asió con fuerza un cojín verde. Con los ojos inyectados en sangre apretó el puño derecho y comenzó a atizarle rápidos puñetazos acompañados por gritos de ira mientras su boca se torcía en una mueca de odio y las lágrimas resbalaban por su rostro.

Cuando finalmente se creyó más calmada reposó la espalda en el sofá mientras su cabello se arremolinaba en su pecho y en su cara con despeinados tirabuzones a causa de los movimientos bruscos. Su pecho subía y bajaba rápidamente.
Su teléfono móvil comenzó a sonar y lo extrajo del bolsillo. Miró la pantalla. No conocía aquel número.

-¿Sí? –dijo Melissa intentando que sus jadeos no fueran perceptibles. Podría ser Donna Meyers con alguna noticia acerca de Jessica. Nunca perdería la esperanza.
-¿Es usted Melissa Brigham? –preguntó una voz femenina.
-Sí, soy yo. ¿Quién es?
-Hola, Melissa. Soy Bianca Dohe –Melissa tardó unos segundos en asimilar el nombre. Se reincorporó en el sofá y aguardó en silencio unos instantes.
-¿Puede repetirme su nombre, por favor? –no estaba segura. Podría haber dicho Dahi, o Douhi. Tenía que confirmarlo.
-Bianca, Bianca Dohe. Es un apellido poco común. ¿Tiene un minuto?
-Sí, claro –afirmó Melissa aún en estado de shok.
-Tengo cosas que contarle. Me gustaría que nos viésemos para poder hablar con tranquilidad.
-De acuerdo –podía ser una estupidez pero si alguien quería hablar con ella en aquella situación podría tener información sobre Jessica-. ¿Es usted de Carmyle?
-No, pero podríamos vernos en Glasgow.
-Está bien.
-¿Comemos a la una en el Venezia?
-¿Dónde está? Oh, un segundo –Melissa corrió hacia un pequeño mueble barnizado que se encontraba junto al colgador de la entrada y extrajo un bloc de notas y un bolígrafo. Se dispuso a apuntar ladeando su cabeza para aprisionar el móvil en su hombro-. ¿Dónde está?
-En el trescientos sesenta y tres de Argyle St.
-Bien, gracias. Nos vemos allí.
-De acuerdo. Adiós.


A las doce del mediodía la lluvia aún continuaba cayendo con su monótona pero gratificante melodía. Recordando su cita con Bianca Dohe, Melissa corrió hacia su habitación para coger el bolso y un abrigo. Escogió uno negro de plumas impermeable. Se peinó nuevamente el cabello y lo anudó en una coleta alta. Cuando terminó de peinarse se percató de lo espantosa que resultaba su cara. Parecía un zombi. No era que le importase lo que los demás pudiesen pensar de ella pero su imagen no le agradaba. Abrió el cajón de su tocador y extrajo un cuenco de cristal con maquillaje espeso. Acompañando los movimientos por una esponjita de maquillaje ocultó sus ojeras y toda marca de desgaste que había sufrido su piel. Se retocó ligeramente el rimel y bajó las escaleras metiéndose un brazo por la manga restante del abrigo.

Al lado del paragüero estaba Robert con mirada seria. Melissa no tenía tiempo para hablar. Llegaría tarde si se enzarzaba en una nueva discusión con su marido.
Pero entonces él clavó sus ojos en ella.

-Me han proclamado dueño legítimo de Connor’s Chair. Jared no ha podido con tanta presión, pero dice que no quiere ver el negocio de su padre bajo tierra, igual que él. Se aferra a la posibilidad de que algo que Charles amaba aún continúe viviendo. Y confía en mí para ello.
-Vaya, es estupendo –dijo Melissa recolocándose el bolso y avanzando hacia el paragüero. El rostro de Robert se había ensombrecido aún más.
-¿Dónde vas?
-He quedado para comer con una antigua compañera del colegio.
-¿Del internado de monjas, dices? –Melissa se maldijo por inventarse una excusa tan poco creíble, pero en aquel momento no tenía elección. Ni siquiera había reparado en aquello.
-Sí, del internado –por suerte la convicción en su voz sumaba credibilidad a la excusa.
-Creía que las odiabas.
-Bueno, ya sabes: la gente cambia. Te veo esta noche.
-Sí. Hasta luego. Oh, toma las llaves del coche.



A las doce menos cuarto Melissa llegó al restaurante. La gente caminaba bajo sus paraguas como en una silenciosa procesión de peregrinos. Sería difícil reconocer a aquella tal Bianca Dohe, pues lo único que conocía de ella era su voz.
El frío era cada vez más penetrante, así que decidió esperarla en el interior. Un camarero fue a atenderla y Melissa le comunicó que estaba esperando a una tal Bianca Dohe. El camarero, un muchacho de unos veinte años y rubio como los rayos del sol, le dijo que Bianca se encontraba en el interior y decidió acompañarla hasta la mesa.

-¿Bianca Dohe? –preguntó Melissa. Una mujer de unos cuarenta años se levantó de la silla para saludarla. Llevaba unas delicadas gafas de montura libre y el cabello de color rubio oscuro estaba recogido en un moño informal. Algunos mechones describían ligeros tirabuzones. Su rostro era suave y maternal. Las únicas arrugas que Melissa descubrió estaban alrededor de los ojos. Bianca tendió una mano delgada hacia Melissa y ella la estrechó. Vestía casualmente, con abrigo de tela azul claro, camisa blanca y pantalones tejanos azules. Y la indumentaria parecía reposar sobre su cuerpo bendiciéndola por ello, ya que Bianca gozaba de una figura esbelta y seductora. Llevaba también unas botas de cuero negras con tacón grueso y su bolso de piel oscura estaba a los pies de su silla.
-Siéntese. Nunca había estado en el Venezia, ¿no está mal, verdad?
-No, no está mal –Melissa comenzó a preguntarse si había cometido un error. Ahora su vida parecía moverse por impulsos, y aquello no siempre era bueno.
-Sé que todo esto puede parecer un poco confuso, pero, verá señorita Brigham…
-Melissa. Puede llamarme Melissa.
-Bien, mejor; sin formalidades –Bianca esbozó una sonrisa en su rostro. Su sonrisa era perfecta. Por fuerza tendría que haberse hecho un retoque. Mínimo un blanqueamiento-. Verás, Melissa. Tengo cosas importantes que decirte y no sabía cómo hacerlo.
-¿Hablas de Jessica? ¿Sabes algo de ella?
-No, no sé nada de Jessica. Pero sí sé de Claire Shore –el vello de la nuca de Melissa se erizó y entonces el camarero vino a tomar la comanda. Pasados unos minutos, Bianca dio un trago a su vino y Melissa volvió a aposentar su mirada en los ojos azules de Bianca.
-¿Conociste a Claire Shore?
-Algo así, sí. Dime, Melissa, ¿qué sabes de ella?
-Claire Shore es mi abuela. O lo fue, ya no lo sé. Nunca la he conocido. Nunca la vi en persona –mientras hablaba Melissa intentaba sin éxito recordar el rostro de Claire. Aunque quizá aquel rostro lo había creado su subconsciente y toda búsqueda de ella era inútil-. Vivía en Carmyle. Ella me ayudó cuando pasó todo aquello en Dartford. Ahora Robert, Jessica y yo vivimos en la casa que Claire nos dio. Murió unos días antes de nuestra llegada –Bianca frunció el ceño con gesto de estar prestando atención y asintió lentamente. Después, llevó una mano a su bolso y extrajo un papelito doblado que lo acercó a Melissa.

Melissa asió el papelito con ambas manos y estuvo leyendo el contenido largo rato con los ojos casi desorbitados. Era un extracto de un periódico antiguo donde aparecía un breve artículo sobre Claire Shore. Había una foto de la anciana bastante mal conservada pero pudo distinguir su rostro. Su corazón dio un vuelco cuando la imagen de su abuela retornó a su mente como un relámpago. Sí, era ella. Pero lo peor de todo era lo que el texto decía.


Fallece Claire Shore a los 78 años en Carmyle.

Ayer, 13 de enero de 2009, nuestra vecina falleció en extrañas circunstancias en su casa a orillas del río. Bien sabido es que la anciana era acusada por brujería y muertes sádicas de animales, pues durante muchos años los vecinos de Carmyle habían denunciado los ritos que en la casa de Claire se oficiaban. Incluso algunos vecinos la habían visto acompañada por encapuchados en el jardín oficiando rituales satánicos.

Pero Claire Shore no pudo continuar con su vida de malas artes y demonología. Finalmente su pasión se tornó agresiva y, tal y como lo describieron los policías que encontraron su cuerpo “se hizo justicia”.
Marshall Kelso, el oficial de Carmyle, encontró a Claire Shore tendida sobre un símbolo satánico pintado en tiza. La anciana tenía en su mano derecha un papel donde se podía leer un nombre: Jessica.
Nuevamente los vecinos se vieron sorprendidos por el nombre, pues bien podría tratarse de alguna de sus víctimas.


El texto que continuaba estaba borroso e ilegible. Melissa tenía un plato humeante de espaguetis delante de sus ojos pero ni siquiera los veía. Estaba totalmente ensimismada aunque su boca continuaba cerrada. Bianca dio otro trago a su copa de vino.

-Por tu expresión deduzco que desconocías este dato. Así es, Claire Shore había aterrorizado durante años a la población de Carmyle, a mí incluida.
-Pero, ¿esto de cuándo es?
-Hace unos diez años el periódico de Carmyle aún estaba en funcionamiento. Ahora, tras las bajas ventas y el poco interés dejaron de fabricarlo.
-Perdona, ¿hace diez años? ¿Escribieron esto hace diez años? –preguntó Melissa totalmente fuera de sí. ¿Cómo podía ser eso posible?
-Así es. La verdad es que yo no creo en esas brujerías y demás, pero sé que tu hija se llama Jessica y que la señora Shore estaba muy interesada en su nieta de Dartford. Las pocas personas que la conocíamos sabíamos que hablaba mucho de ti, o al menos de su nieta.
-¿Crees que esto tiene algo que ver con la desaparición de mi hija? Si esto es cierto Claire había muerto antes de que Jessica naciera, no podría saber nada.
-No creo en esas brujerías pero sí en el potencial de la señora Shore. Tenía una mente prodigiosa y aquello le reportó muchos enemigos. Ya sabes, la envidia corroe a los desdichados.
-¿Qué es lo que quieres decir, Bianca? –murmuró Melissa para que los de la mesa adyacente no oyeran nada. Bianca observó dubitativa su plato y enmudeció durante unos instantes.
-Que Claire podía conseguir lo que quisiera.
-Está bien, señorita Dohe, creo que se me ha hecho tarde –dijo Melissa repentinamente poniéndose de pie-. Tengo en casa a mi marido y ambos estamos muy preocupados por nuestra hija, no tengo tiempo para esto.
-De acuerdo, lo comprendo. Pero pensé que podría serle útil puesto que yo sé qué puerta abre la llave oxidada –Melissa se encontraba de espaldas cuando Bianca pronunció aquellas últimas palabras. Un escalofrío recorrió su cuerpo y sus pies se detuvieron al instante. Y cuando Bianca vio que había logrado captar de nuevo la atención de Melissa continuó-: No es la única que puede soñar –Melissa volvió a la mesa mucho más lentamente aún con el abrigo puesto.
-¿Qué sabes?
-Yo también he estado ahí. Yo también sé que se siente al estar rodeada de oscuridad y frío. El sentimiento de sentirte amenazada crece con cada paso que das sobre el asfalto húmedo y vaporoso. Sí, yo también he estado.
-¿Y viste a alguien?
-No lo recuerdo. Ese tipo de sueños son especiales y los recuerdos más importantes parecen desvanecerse. Pero sí que vi esa llave y en cuanto te vi supe que tú también la tenías. Como acabo de decirte los recuerdos se esfuman rápidamente pero quiero que cojas esto –Bianca introdujo la mano en el apretado bolsillo de su pantalón y extrajo un papelito aún más doblado que el del artículo sobre Claire Shore. Se lo acercó a Melissa y ella lo abrió. Dentro había escrito en bolígrafo negro el nombre de una calle y tres números: 13, 2 y 6.
-Wickedmanor St. –murmuró Bianca-. Memorízalo. La única manera de llevarte algo a ese mundo es recordándolo en este. Ya sabes por qué conoces allí a tu hija. Tu amor por Jessica es lo suficientemente grande como para recordarla en cualquier mundo que estés.
-Wickedmanor St. –repitió Melissa con tal de memorizarlo-. De acuerdo, pero, ¿qué son estos números? Trece, dos y seis. ¿Una fecha? ¿Mil trescientos veintiséis?
-No –negó Bianca con la cabeza-. Si te soy sincera no estoy muy segura. Sé que esos números eran importantes pero no recuerdo por qué. Por si a caso memorízalos.
-De acuerdo, gracias.


Cuando Melissa dio el primer bocado a su plato de espaguetis éstos ya estaban fríos, pero aún deliciosos. Bianca pensó que aquella conversación si se seguía extendiendo podría ser muy peligrosa puesto que desgastaba a Melissa rápidamente. Así pues decidió cambiar de conversación y le habló de su trabajo como ilustradora de cuentos infantiles. También le contó que se crió en Carmyle pero que a los veintitrés años se casó con un hombre llamado William Goldman y se fueron a vivir a Edimburgo, donde él tenía una preciosa casa victoriana. Pero el matrimonio no funcionó y Bianca se separó de él y volvió a adoptar su apellido de soltera, Dohe.
Actualmente Bianca residía en el pequeño pueblo de Mossblown, al oeste de Glasgow, donde hacía siete años había adquirido una preciosa casa unifamiliar de dos pisos y dos jardines de refulgente césped.

También quiso saber de Melissa. Ella le contó su vida a grandes rasgos –omitiendo todo lo relacionado con sus padres o el colegio de monjas-. También le habló de los Hamilton y de los Brigham y su extraño parecido, al menos, en el aspecto económico. Pero no todos eran iguales. De las víboras de aquella familia había un hombre, su marido, que era el mejor de todos. Pero que desgraciadamente en los últimos tiempos ni siquiera hablaban. El hecho de presenciar los cadáveres de sus mejores amigos y la desaparición de Jessica supuso un fuerte impacto para ambos.
El teléfono de Melissa sonó con una de sus canciones de Muse.

-¿Sí?
-Melissa, soy yo, Donna Meyers.
-Oh, hola –Melissa se puso de pie excusándose y caminó hasta una esquina donde pudiera hablar con tranquilidad-. ¿Hay alguna novedad?
-Como siempre quería decirte que no te hagas ilusiones ni creas al cien por cien mis palabras.
-De acuerdo.
-Pero creemos tener una pista.
-¿Sobre Jessica?
-Es posible. Aunque quizá no directamente. Hemos encontrado restos de sangre de Amanda Connor en monedas alemanas. También hay huellas y demás pruebas que nos hablan de otra persona, pero obviamente aquellas monedas habrán sido tratadas por cientos de personas. Pero sin embargo contamos con una tecnología forense muy avanzada. En dos semanas podremos saber de quién se trata e iremos en su búsqueda.

Melissa apoyó el móvil en su pecho y miró hacia arriba para impedir que una lágrima se deslizara sobre su mejilla. Respiró hondamente y volvió a ponerse el auricular en la oreja.

-¿Melissa?
-Sí, disculpa. Bien, gracias, Donna.



1 de agosto de 2019, por la noche




James se terminó su plato de pollo y verdura, lo introdujo en el lavavajillas y limpió la mesa. Las noticias de la tele seguían hablando de la desaparición de Jessica Brigham como si sus padres ni siquiera se hubiesen preocupado por su estado. Algunos canales menos populares y aún más ignorantes incluso dejaban la sospecha en el aire de que Melissa y Robert Brigham se habían separado y Melissa se había llevado a su hija. Otros hasta aseguraban que la desaparición de Jessica tenía mucho que ver con sus padres. Incluso algunos decían que los servicios sociales se habían hecho cargo de la niña. Los últimos, aún más alimentados por el morbo, aseguraban que Jessica había sido asesinada y que se estaba encubriendo para respetar la reputación de la familia Brigham.
Disparates.

Cuando Robert se metió en la cama dedicó unos minutos a mirar alrededor. ¿Dónde coño estaba Melissa? Eran ya las once y veinte y no había oído el sutil murmullo del motor del todoterreno.
Seguramente Melissa estaría ahogando sus penas frente a un whisky bien cargado.
Qué vergüenza. Aquello se estaba tornando insostenible.

Antes de ser vencido por el sueño ladeó el rostro y observó la puerta entreabierta de la habitación de Jessica.
Aún continuaba siendo oscura y silenciosa. Todo lo contrario de cuando la niña seguía en la casa. Por aquel entonces lo más seguro era que Jessica se hubiese levantado de la cama a hurtadillas y se hubiese puesto a observar el espacio con su telescopio.
Los ojos de Robert parpadearon pesadamente y por fin se sumió en un agradable sueño.



2 de agosto de 2019




El reloj marcaba las siete y seis minutos de la mañana. Robert tardó pocos segundos en desperezarse y caminar hacia el cuarto de baño. Allí se ducho y vistió.
Bajó a la cocina y se preparó un desayuno humeante, pues a pesar de estar en agosto las temperaturas eran casi gélidas.
Como era ya costumbre, aunque en su interior se maldecía por hacerlo, Robert encendió el televisor de la encimera y se sentó a la mesa.

Mientras comía la magdalena y daba sorbos a su café iba haciendo zapping con el mando a distancia.
Un programa infantil con marionetas de dinosaurios. Un programa del corazón en el que se rumoreaba los conflictos entre los hermanos Jonas. Un documental en el que una ballena azul sacaba la mitad de su cuerpo del océano para luego caer con estrépito sobre las aguas. Un programa informativo en el que se veía al presentador en la parte superior izquierda y una imagen más grande a la derecha con un coche convertido en un montón de chatarra y una grúa extrayéndolo de la carretera. También había un enviado especial vestido formalmente y con un micrófono negro ante sus labios.

-Entonces, James, ¿se niega el hecho de que pudiese tener una alta tasa de alcohol en sangre?
-Así es, Clark. La policía no ha encontrado restos de alcohol en su sangre. Se sospecha que el impacto fue producido por un despiste al volante. Lo más probable, debido a las altas horas de la noche en las que conducía, era que Melissa Brigham se hubiera dormido al volante –la magdalena de Robert se desprendió de sus dedos y su boca dibujó una mueca de espanto. Con la mano temblorosa subió el volumen del televisor y aguzó la vista. Sí, definitivamente aquella masa de hierros y planchas era su coche-. La mujer, de treinta y seis años, es, recordemos, la madre de la desaparecida Jessica Brigham y además la desheredada de la antigua firma ya en quiebra de la familia Lawrence . Los medios de comunicación se arremolinan a estas horas alrededor del Gartnavel General con tal de conseguir algún tipo de información, pero las medidas de seguridad…

Robert dejó de escuchar cuando sus ojos se inundaron de lágrimas. Pero, al menos, sabía que su mujer continuaba viva, pues según el informativo estaba hospitalizada en el Gartnavel General.
Apagó el televisor y dejó el vaso medio vacío en el fregadero. Subió los escalones rápidamente y cogió su móvil.
Después buscó las llaves del coche y pasados unos segundos se maldijo por ser tan imbécil.

En la calle llamó a un taxi y esperó ocho minutos a que llegara. Ya en el interior le dio la dirección del hospital al hombre y se puso en marcha hacia Glasgow bajo un cielo despejado donde el sol brillaba con fuerza reflejando su luz en los charcos de lluvia del día anterior.

Cuando la enfermera le acompañó a la habitación de Melissa Robert creyó desfallecer. La imagen que tenía ante sus ojos era desesperanzadora. Su mujer estaba vendada casi por completo. Algunos tubos surgían de debajo de las vendas y otro tubo estaba conectado a su boca entreabierta para que respirase. Una máquina pitaba cada pocos segundos asegurándole que seguía con vida.
Ver los ojos cerrados de su mujer y el pausado movimiento de su pecho le recordó una vez más que vivía. Que estaba durmiendo a pesar de su estado. Sí, era mejor pensar aquello.

Robert dejó su maletín de piel en la butaca de la esquina y se acercó a Melissa con los ojos llorosos. Su mano se posó sobre la mano de Melissa que se había librado de los vendajes y acarició su suave piel. En el lateral había un corte que comenzaba a cicatrizar.

-¿Señor Brigham? –preguntó un hombre vestido con bata blanca y un portafolios a la altura del pecho. Tendría unos cuarenta y pocos y su pelo aunque negro comenzaba a tener canas. Robert le observó con la barbilla comprimida y asintió-. Soy el doctor Andrews, me encargo de su mujer.
-Está muy mal –murmuró Robert volviendo a mirar a Melissa.
-Melissa sufrió una fuerte contusión en el cráneo. El impacto fue muy grave, tal y como ya sabrá. Tenemos que hacerle pruebas para detectar cualquier anomalía neuronal. Por favor, firme este impreso.

Robert se enjugó una lágrima y firmó el papel que el doctor Andrews le había entregado. Después se despidió y Robert pasó una hora al lado de Melissa hasta que unas enfermeras se llevaron su camilla y él se quedó en la habitación.
Su hija había desaparecido, los Connor habían sido asesinados y Melissa estaba muy grave a causa de un accidente. Robert no pudo soportarlo y apretando el puño contra su boca y cerrando con fuerza los ojos comenzó a llorar largo rato mientras los médicos y enfermeros, así como pacientes y familiares, paseaban de un lado a otro por el pasillo convirtiéndolo a él en una solitaria sombra sentada en una habitación vacía.

8 comentarios:

  1. Anda, capítulo 8 ya. Esto de leer "por fascículos" me gusta más que tenerlo todo disponible desde el principio xD. Además, así me dejas con las ganas de leer el siguiente :arg

    P.D: Falta justo 1 mes *-*!

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  2. Me he imaginado el último emoti y me he reído yo sola xDDD Sí, un mes ^^ De momento se lo estoy restregando a todos mis amigos n.n

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  3. Por cierto, no entiendo por qué siempre pasa lo mismo. Es decir, al final de los capítulos la grafía cambia y se hace pequeña T_T

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  4. Sí, me llevo fijando en varios capítulos, no sé por qué será :/

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  5. Hola, me encanta tu blog, gracias por hacerte seguidor del mio y darme a conocer el tuyo.

    Saludos!!!!

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  6. Hola Arima ^_^ Muchas gracias a ti por pasarte por mi casita, un beso!

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  7. me gusta sigue asi algun dia me encantaria me redactara algo especial para mi un saludo

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  8. Muchas gracias, tendré en cuenta tu petición ^_^

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